viernes 21 de noviembre de 2008

caray

Caray, como león sin melena, no me siento agusto con nada, ni siquiera aporreando teclas, hoy es un día de esos, en los que el sol sale pero no quema, el viento sopla pero es incapaz de contonear mi largo cabello. Ni siquiera me puedo arrullar con una lectura, algo pasa ,creo que estoy quedando calvo y el frio me congela las ideas, o quizá me las estás robando con tu presencia.

miércoles 19 de noviembre de 2008

Un suicida con mala suerte

A diferencia de otros días, ese viernes de cuaresma, mi vecino amaneció con ganas de morirse, ya no pretendía matarse, su cobardía no le permitía pensar en el suicidio, en asesinar a una persona tan productiva y especial como él mismo.
Durante años buscó la manera de suicidarse, sin obtener éxito alguno, lo intentó tomando pastillas, comida descompuesta, metiéndose sobredosis de todo lo habido y por haber, tomando alcohol, tinher y aguarrás, cortándose las venas, aventándose a los camiones y arrojándose de los puentes peatonales de la ciudad. Siempre terminó con rasguños, raspones, moretones, fracturas, dolores, cicatrices y uno que otro insulto por parte de su familia. Está situación tan complicada lo hizo sentir cada vez más inútil y estúpido.
Era tan tonto que siempre pensó que sus métodos de flagelación y muerte eran los más efectivos, hasta que los comprobó. Intentó leer un manual para suicidas escrito por un experimentado muerto. Su mala suerte era tanta que nunca lo asaltaron a pesar de traer dinero y "vestir bien". Siempre transitó por las zonas de tolerancia, con vehículos de lujo y accesorios muy finos. Los borrachos jamás lo ofendieron y las prostitutas le tuvieron tanto amor que se abstuvieron de contagiarlo con sus sinuosas artes y malas mañas.
Ninguna persona quiso vivir con él, quizá por temor a que ese pobre hombre sufriera más con una carga emocional incomprensible como lo es una pareja o un inquilino. En el amor siempre le fue mal, entregó su corazón cada tres minutos y cada cinco lavó, sacudió y planchó su percudida dignidad. Siempre pensó que una de cada diez le correspondería pero nunca fue así, rebasó las leyes de la estadística y destrozó los principios de la probabilidad. Sí quería sexo le hubiera prestado a mi esposa, si quería amor le hubiera dado a mi hija. Habría sido más fácil que se ganará la lotería a que alguien se pudiera dar cuenta de sus necesidades afectivas.
Aparentó ser un tipo normal, burócrata consumado y consumido, un trabajo en el que nunca cupo, su personalidad tímida fue siempre en contra de los principios serviciales de aquellos trabajadores de gobierno, siempre entregó a tiempo sus encargos y atendía a las personas con una prodigiosa amabilidad, una verdadera rareza en ese campo laboral.
A sus cuarenta años permaneció soltero y al parecer sólo durmió rodeado de algunos gatos que recogió de la calle. Siempre comió en la fonda de la esquina y nunca se le conoció sirvienta o algo parecido. Su corbatas eran únicas e inigualables, por ratos pienso que le costó mucho trabajo encontrar modelos tan feos y repugnantes que no ayudaron a su imagen de letrado trabajador de gobierno.
Siempre caminó encorvado, sus pocos y relamidos cabellos simulaban fideos escurridos. Sus pantalones cortos y ajustados mostraban sus piernas flacas y prominentes tobillos que eran cubiertos parcialmente por unos pequeños calcetines de marca. Su reloj de oro con incrustaciones de diamantes parecía un juguete de mala calidad en esa frágil y menuda muñeca. Las cadenas de oro que colgaban de su cuello parecían meros artificios de fantasía. Todo en él era tan impersonal que nunca llamó la atención ni mereció ser comentado por alguien, hasta hoy.
Pensó que su castigo era vivir y morir a medias, tantas alternativas que utilizó y nada le funcionó. Si me hubiera dicho que se quería morir, con mucha alegría lo hubiera asesinado, no por gusto ni por odio, sino por caridad. Si me lo hubiera dicho antes de arrojarse a mi automóvil, me habría ahorrado tantos problemas con la policía, no estuviera durmiendo en una celda fría y húmeda, rodeado y expuesto a tantos malandrines, habría aprovechado la eficacia y la eficiencia de la policia para huir. Lo único que el imbécil logró fue joder mi vida con su salvación, al menos tuvo la certeza de que algunas personas aparte de mí lo recordarían, ahora lo recuerdo, creo que fue un mal vecino, sí un mal vecino, un cadáver con bonitos automóviles que no sirven para nada como él.

miércoles 5 de noviembre de 2008

Lo mejor de lo mejor en periodismo




Cortesìa de Koral Morales Carballo, Una excelente Fotoperiodista. http://www.flickr.com/photos/ozlix

lunes 27 de octubre de 2008

Carlos Varela en Puebla


Ayer o mañana

Hoy tuve una pesadilla, que me ha dejado helado. Desperté con un nudo en la garganta. Por más que quise calmarme no pude. Mientras la luna iluminaba mi recámara pensé en lo triste que sería mi vida y de su trágico final. Mis objetivos nunca se cumplirían, aquellos proyectos que desde hace años me planteé no los visualizaría más, o quizá sí pero en sueños o pesadillas como la de hoy.
Durante todo el día estuve atormentado por los vagos recuerdos que tenía de aquel suceso en la madrugada. En clases no pude concentrarme, cada frase del profesor me ubicaba en un contexto distinto al de mis compañeros. Por algunos instantes creí discernir algunas palabras de mis compañeros que intentaban definir el concepto de columna, -es un análisis de la información, utiliza juicios, desvela hechos, no adjetiva ni exalta a las personas. Cuando se quiere hablar de una persona se describe, la columna tiene el mismo nombre y lleva un título además tiene periodicidad. Eso fue lo único que entendí durante los 50 minutos de clase. A la salida del salón sólo podía vislumbrar el pasillo interminable que me llevaría a la otra aula.
Pensé que tomar una taza de café me ayudaría a despertarme. Que error tan grave cometí, lo único que me ocasionó fue una crisis nerviosa. Ese día sólo pude entrar a dos clases, no soportaba el recuerdo de la pesadilla, por un momento pensé que la revelación había sido causada por los tacos que comí antes de dormir, la idea no era mala, me tranquilizó un poco. Sin embargo seguí pensando en el sueño, tal vez era un vaticinio de mi futuro o el inconsciente me había jugado una broma.
La verdad no sé qué produjo tan amarga percepción, lo que es cierto es que Morfeo no estaba de mi lado, cómo podría ser posible, si el único lugar en el que me sentía libre era en los sueños y ahora soy preso de ellos.
Cómo imaginarme a los 45 años de edad, amargado, sentado frente a un escritorio y no precisamente escribiendo, sino comiendo una torta de huevo con jamón, el aroma de los ingredientes mezclados con mayonesa y pasta de fríjol invadía el ambiente. ¡Qué asco! No pude morder bien el bolillo duro y un pedazo cayó en mi camisa dejando una mancha de aguacate. ¿Por qué no pude? Creo que es por que me hacen falta algunos dientes, supongo que es por la edad.
A mí alrededor había decenas de archiveros, parece una oficina, la tecnología nunca llegó, el calor se conjuga con los olores de mi torta y hace cada vez más insoportable mi estancia ahí. Creo que no aguanté más y salí a tomar un poco de aire a la calle. ¡Que horror! Mi panza es tan prominente que no deja verme los zapatos.
El ruido ensordecedor de un automóvil me hizo reaccionar. Estuve a punto de ser atropellado y todo por seguir pensando en mi tonta pesadilla. Ya estoy en la banqueta, supongo que es un lugar más seguro, pero aún sigo pensando en mi sueño. Nunca creí verme en un futuro así. Mis aspiraciones iban más allá que estar en una oficina de Registro Civil. De pequeño tuve algunas fantasías, quise ser bombero, paletero, súper héroe y periodista. Me decidí por la última, ya que era la más viable y a los ojos de mis padres la mejor.
Por unos instantes olvidé el tema, me dirigí presuroso en busca de una cocina económica, por fortuna la encontré, me senté, pedí el menú del día: sopa de verdura, arroz y una pechuga asada. Todo iba bien hasta que empecé a comer el pollo que iba acompañado de unas rebanadas de aguacate que me regresaron a mi trágico sueño.
Nadie escapa a la vejez, ni a ver culminadas o frustradas sus aspiraciones. Eso me sucedió entre cobijas, nunca había sufrido tanto en tan cómoda posición. ¿Cuál era mi vida en ese momento? El telón se abría lentamente, había mostrado mi futuro trabajo, mi aspecto físico y lo repugnante que se me habían hecho las tortas.
No tardé mucho tiempo en salir de mi jornada burocrática, y me dirigí hacia mi casa, eso supuse. Al verla me sentí reconfortado, a pesar de sentirme atrás de un vidrio empañado que sólo me permitía visualizar una silueta de lo que era yo.
Dentro de la casa todo parecía en orden, pensé que mi familia estaría esperándome, ¡Oh! sorpresa, no tenía esposa ni hijos. De paso por el estudio pude ver los distintos libros había comprado en mi juventud, la luz amarillenta de focos viejos me indicaban que los ejemplares estaban infestados de moho. El olor a humedad era intolerable, todo huele a encierro y a tumba, sobre el escritorio están mis libros de periodismo, distintos periódicos en los que alguna vez soñé escribir. Algunos están subrayados y otros en el basurero.
En un rincón del estudio había dos ejemplares del semanario que inicié en mi juventud, el número cero y uno, aún recuerdo que tardé casi un año para aterrizar mis ideas e iniciar de manera formal con su producción. Definir la línea editorial fue lo más complicado, ya que en cada ejemplar tenía que escribir la postura del medio respecto a un tema relevante, analizar y enjuiciar información, mantener el hilo conductor y nunca traicionar la ideología del medio, su extensión siempre fue complicada pues en algunas ocasiones el espacio no era suficiente, pero su lugar era fijo. El objetivo principal era dar argumentos para que los lectores hicieran sus propios juicios.
Fue en la preparatoria que decidí aventurarme al mundo del periodismo, iniciando en la revista escolar con algunos artículos. Superman fue mi inspiración.
Como podía ser que a tales alturas de mi vida olvidara las metas que me impuse en la juventud: escribir y trabajar en un periódico, mejor aún tener mi periódico. ¿Dónde quedaron mis ambiciones? No lo sé.
Siempre quise ver mi firma en alguna nota o reportaje que dejará en entredicho a algún personaje famoso, o que hiciera temblar a algún político importante, o mejor aún ser artífice de algún cambio importante en la sociedad de mi tiempo, además de transmitir noticias, informar, e influir en la vida de las personas a través de un medio tan eficaz como lo es el periodismo, siempre he pensado que esa es su función principal aunque el periodismo no sólo se remite a al periódico, sino también a la televisión, radio y últimamente en Internet lo cual hace que la información se transmita de forma global.
Sin embargo esas ambiciones pasajeras eran el boleto que me llevaría a la creación de un estilo propio, pues lo que realmente buscaba era seguir el ejemplo de los fundadores del nuevo periodismo. Escribir en un periódico, diez o quince años. Utilizar la redacción como un motel donde se pasa la noche hacia el triunfo final. Acumular experiencia y en el momento menos pensado, abandonar el empleo sin dudarlo. Posteriormente mudarme a una cabaña o irme a un lugar lejano. Tal vez regresar a mi pueblo e irme a vivir al campo. Mala idea García Márquez dijo que sería como regresar los pasos y morir.
El objetivo: escribir una o muchas novelas, trabajar en ella día y noche durante uno, dos o más años. Miguel Ángel Bastenier sustentó mis aspiraciones al decir que entre los géneros no existen las barreras, son móviles y su clasificación sólo sirve para que el periodista trabaje mejor y que entre los géneros se apoyan. Supuse que el periodismo era la forma más cercana al mundo de la escritura así que gracias a ellos decidí aventurarme a lo desconocido para mí hasta ese momento, pero eso sería algún día. Mientras tanto esos objetivos se habían disuelto en una maraña de alucinaciones que reflejaban lo que no quería ser nunca: un burócrata consumado y consumido.
Afortunadamente fue un sueño, desperté confundido y con un nudo en la garganta. Mientras camino de la cocina económica hacia mi departamento siento unas profundas ganas de ir al baño, apresuro el paso, casi corro. Cual oasis en el desierto hallé el baño al fondo del pasillo. Bajé el cierre con rapidez y con una satisfacción enorme terminé de orinar, no sin antes sudar y lagrimear un poco.
¡Por dios!, otra vez desperté meado, carajo, mis cobijas apestan. Otro sueño, eso me alegra. Creo que por estos momentos no tendré que preocuparme por mi futuro, ni mis metas, pues ahí siguen esperando. De lo que sí tengo que preocuparme es de no mojar la cama a los 21 años. A que ¡pinche! Morfeo nunca pensé que fuera tan llevadito.
¿habrá sido una revelación? no quiero descubrir que esto fue un sueño de mañana, ni de mi vida, ni de mis recuerdos, ni de tu omnipotente presencia, ni mucho menos de tu bendita ausencia, Soledad te quiero, ahora y siempre. Mis alucinados sueños no importan, si tus pasos me guían.


miércoles 22 de octubre de 2008

Y no era tan inteligente


Cada momento con ella es tan lindo y especial, nunca me había sentido así, cuando salimos me toma de la mano, sus pequeños dedos juguetean con los míos hasta que nuestras palmas comienzan a sudar, nos limpiamos ávidamente para continuar. Caminamos hombro con hombro, a veces me abraza y como buen caballero le correspondo.
Los miércoles vamos al cine, yo compro los refrescos y las palomitas, ella se encarga de las entradas, si la película es buena me voltea a ver y esboza una sonrisa, si no simplemente se recarga en mi hombro y con el favor de la oscuridad simplemente nos entretenemos.
Le compro flores, le escribo cartas, le recito poemas y le cuento chistes, creo que no hay nada mejor para entretener a una mujer. Su sonrisa lo dice todo, sé que conmigo es feliz, sé que soy importante en su vida, o al menos eso me dice siempre. En las paredes de su departamento cuelgan nuestras fotos, tal vez en su recamara también, eso no lo sé, siempre que entramos apaga las luces y cuando salgo no quiero ver, no quiero recordar que la pierdo a diario con unos cuantos suspiros y un breve temblor.
No me importa que sea maniaco-depresiva, mucho menos que viva en el quinto piso y sin elevador, me cuenta sus problemas y yo la oigo aunque me aburra, no es que sea machista e incomprensivo pero no puedo soportar que se atormente con la ropa que se pondrá, con su figura rechoncha y mucho menos que pelee con el espejo. Por ella me hice aficionado a la comida rápida, deje de beber con mis amigos para tomar café con ella, aprendí a bailar y conocí el valor sentimental de las telenovelas en cada corte comercial.
El día que me llevo a casa de sus padres sentí miedo, no por mí sino por ella, afortunadamente no se atrevió a contar sus aventuras, ni siquiera me volteó a ver al igual que sus padres, quiénes nos despidieron con una sonrisa, creo que sólo fue por cortesía o temor.
Sus amigas son demasiado estúpidas, viven para el salón de belleza, las revistas, los antros y el café, sus frivolidades me tienen sin cuidado, sólo me importa ella cuando no está con ellas, con su mal humor y sus encantos, aunque no sepa que París está en Francia y que en la Catedral de Notre Dame haya algo más que un fantástico jorobado A pesar de las ojeras se ve bien sin maquillaje, así no tengo que soportar que se le corra el rimel con el sudor o que manche las almohadas de corrector y polvo. Sin manicure y uñas es mejor, así no me duele tanto la espalda, el labial es sexy pero no cuando me lo embarra en la entrepierna.
No es muy atractiva, pero me encanta, tiene ojos, nariz, boca y por desgracia una sonrisa coqueta. Nunca había sido tan feliz como lo soy ahora, cada segundo a su lado es eterno, con ella no hay recuerdos ni pasado, quizá tampoco futuro, lo más seguro que no.
Cuando llega me enamora, cuando se va me desenamora. Pareciera que sólo existe cuando estamos juntos, no es un invento, es real, tan real que hasta mi perra la odia.
Es inteligente, se graduó con honores de la preparatoria, después de 5 años, en la Universidad tiene beca de excelencia por buen comportamiento. Sabe cocinar sin sazón, algo casi imposible de hacer a pesar de que compra recetarios y revistas de frivolidades. Es tan inteligente que siempre guarda silencio por temor a que vean sus dientes, con un beso me dice te quiero y además se puede estacionar en el primer intento.
Es lo mejor que pude encontrar, creo que soy más afortunado que su novio, un tipo tan tonto que cree en la fidelidad y que duda de la capacidad creativa de su novia, por fortuna puede darme cuenta a tiempo, antes de que me perdiera de tan virtuosísima persona, de esas que no existen fuera de un mundo color de rosa.

viernes 18 de julio de 2008

Bobo

Nadie sabe a ciencia cierta de dónde vino y a dónde fue, algunos decían que provenía de la vieja ciudad de San Juan de los Remedios, huérfano de padre y madre, criado y educado en el viejo monasterio de la Iglesia del Carmen, por oficio y obligación debía tañer las campanas para llamar a misa e indicar la hora, parecería que nunca olvidó su labor, sí es que así fue, pues siempre corría por las calles de la Habana Vieja golpeando la pared con una sartén, señal que indicaba el fin de la jornada escolar de los niños.

De sus generales no se supo nada, así que lo bautizamos como “Bobo”, su edad era indescifrable, pues no aparentaba ser joven pero tampoco maduro y mucho menos viejo, algunos afirmaban que desde que su llegada al Barrio de Lawton, se conservaba igual.

Nunca se le conoció un trabajo serio y formal, a veces trabajaba de gritón en las guaguas de la ruta 23, cuando se hartaba del mismo paisaje urbano cambiaba a la 24 y viceversa, en ocasiones barría las calles o se la pasaba lavando platos en un pequeño restaurante para turistas sin dinero. Siempre andaba bien comido e incluso se daba algunos lujos casi imposibles para todos nosotros.

Su blanca dentadura y sus ojos juguetones rompían la complicidad que fraguaba con la negra noche que ni con luna llena se le podía ubicar. Era pequeño y delgado, tenía aspecto simiesco, brazos largos y delgados, pies grandes y regordetes, lampiño, con unas entradas prominentes que parecían perforarle su deforme cráneo, muy por encima estaban sus enroscados alambres que bien podrían ser una trampa mortal para cualquier mosca.

Era portador de una incomoda amabilidad y de un exagerado sentido del humor que sólo los locos pueden ostentar con una maestría indescriptible. Su risa cimbraba por igual las viejas casas de la calle de San Francisco, algunos perros aullaban, otros ladraban y algunos más se mostraban indiferentes, como si con ignorarlo podría desaparecer su presencia y apresurar su olvido.
Su jornada laboral se empalmaba con nuestro horario escolar, iba por nosotros a la escuela, nos llevaba dulces y chocolates, caminábamos o corríamos a diario por la calle de San Francisco desde Porvenir hasta terminar con nuestra loca carrera en, el mal nombrado, rió de la Guayabita que parecía más un arroyuelo seco. Al otro lado había un terreno baldío que utilizábamos como campo de béisbol.

Pasábamos horas y horas jugando a pesar del inmenso calor, Bobo era el encargado de dirigir nuestros complicados partidos, en ocasiones cortaba algunas ramas y las tallaba con tanto esmero que se asemejaban a un bate, con astillas, también apretaba pedazos de tela con aceite automotriz para simular una pelota, siempre llegué a creer que era un genio loco que había cruzado la diminuta barrera entre la inteligencia y la estupidez, sin haberse dado cuenta, con su despampanante talento pudo haber triunfado fuera de nuestros límites.
Al caer la tarde y nuestras energías nos íbamos caminando al malecón, al no poder comprar ningún helado ni refresco, comíamos con gusto los dulces que Bobo nos daba a manos llenas. Los mayores y los policías siempre veían con temor y desprecio a nuestro gran amigo Bobo, al pasar por las calles lo insultaban y en ocasiones hasta lo apedreaban con tan mala puntería que nosotros pagábamos con creces el aprecio de tan excéntrico personaje. Tal vez su único error fue haber sido diferente, el único delito para ser señalado y perseguido hasta el fin de su vida. Nunca se le vio triste, al término de cada palabra siempre esbozaba una sonrisa que dejaba desnuda su prominente dentadura y carnosa encía.
Al llegar al barrio nos sentábamos en un corredor viejo y húmedo, justo frente a la panadería Tosca, rodeábamos a Bobo que como el mejor de los maestros asumía su papel con aire de sublime grandeza. De sus misteriosas bolsas sacaba una botella a medias de Bucanero y un puro que alguno de nosotros presuroso lo prendía. En ese momento un hálito bohemio impregnaba el ambiente, nos hablaba de la vida, del exterior y también nos contaba historias fantásticas o anécdotas por demás inverosímiles pero interesantes. Ese instante breve y mágico se convertía en un universo paralelo, para nosotros no había nadie más en la calle, nada importaba, echábamos a volar nuestra imaginación y encendíamos nuestros sueños.
Todos hablábamos por igual pero nadie lo hacia con la facilidad de Bobo, siempre sacaba a relucir las historias de los guijes, duendes incapaces de hacer daño, juguetones y traviesos amigos de los niños y locos. Decía que le daban dulces y en ocasiones dinero, alguna vez llego a decir que un hombrecito le dio unos centenes a guardar. No le creímos hasta que enfadado sacó de su bolsillo remendado una hermosa moneda dorada, prueba de su aventura con un guije. Cada noche le pedíamos que nos relatara una y otra vez su historia, hasta que llegaba la hora de partir.
Siempre le tuvimos un inconmensurable respeto, ese respeto que se pierde con los años, que nos divide entre unos y otros.
Un día después de la rutina habitual en el campo, el malecón y el corredor, nos sentimos extraños, dejamos de soñar, de imaginar, de ser niños y locos. Perdimos la inocencia y con ella a Bobo que nunca volvió.